Primeros pasos firmes hacia la igualdad. Las mujeres en la Primera Guerra Mundial (1914-1918)

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Rafael Guerrero Elecalde, Doctor en Historia en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), dedica su principal línea de investigación a las élites gobernantes de la España del Antiguo Régimen. Desde 1998 participa en grupos de investigación adscritos a la Universidad del País Vasco, así como en otros de carácter internacional. Asimismo, ha presentado los resultados de sus trabajos en diversos foros nacionales y extranjeros. Ha sido colaborador del Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia y actualmente es miembro del Consejo de la revista argentina “Prohistoria”.
Dirige LAUR Documentos, una empresa dedicada a ofrecer servicios de investigación histórica a toda clase de público: familias, empresas, investigadores, etc., con productos orientados a sus necesidades (biografías, genealogías, búsqueda documental, historia familiar, de empresas, etc.). Su premisa: “La Historia al alcance de todos”.

Comenzamos nuestra sección dedicada a “Las Mujeres en la Historia” parándonos en la Primera Guerra Mundial, uno de los momentos más cruentos del pasado reciente de la Humanidad, pero que a la vez se presentó como periodo de renovación para el estatus de la mujer en la sociedad occidental, así como para la superación de ciertos clichés.

Este cruento conflicto llegó tras un tranquilo periodo de paz. En un principio, los hombres se alistaron para ir al frente ilusionados por la aventura y con la equivocada idea de participación en un conflicto rápido. Nada más lejos de la realidad. La Gran Guerra conllevó una extraordinaria movilización de tropas y de población civil (unos sesenta millones de personas sólo en Europa) y se caracterizó por ásperas batallas, con condiciones extremas para los soldados tanto en asedios como trincheras, por una aguda crueldad por parte de ambos bandos y por una numerosa mortalidad que estuvo acompañada de una amplia destrucción de ciudades, pueblos, aldeas, fábricas e industrias, campos de labranza….

La globalización del conflicto, la aparición de una potente industria bélica, las movilizaciones generales obreras y de las clases menos pudientes supuso un terremoto económico y social de gran dimensión. Y es que la guerra provocaría evidentes cambios en la sociedad. La mujer, hasta entonces relegada casi exclusivamente a tareas domésticas, empezó a ocupar el espacio público. La gran envergadura del conflicto, junto con la gran cantidad de tropas movilizadas, hizo que la industria demandara trabajadores. A falta de mano de obra masculina, las mujeres asumieron el cuarenta por ciento de la producción y también la boyante industria armamentística, que dependió en buena parte de su trabajo.

De este modo, ejercieron de enfermeras, se encargaron de los transportes públicos, de llevar y manipular mercancía peligrosa, de oficinas gubernamentales y de cuerpos de orden ciudadano, fueron empleadas en las fábricas de municiones, revisoras en el ferrocarril, sirvieron en los hospitales militares…

Igualmente, las mujeres también participaron en el conflicto bélico como civiles, con o sin remuneración. Así, por ejemplo, en Reino Unido, 80.000 se enrolaron como auxiliares en las unidades femeninas de las fuerzas armadas, constituyendo WAAC (Women’s Auxiliary Army Corps o Cuerpo femenino Auxiliar del Ejército), WRNS (Women’s Royal Naval Service o Servicio Femenino de la Real Armada) y WRAF (Women’s Real Aerial Force o Real Fuerza Aérea Femenina).

También en Rusia participaron mujeres en los combates, aunque en menor medida. Se fundaron unidades de combate de voluntarias, bajo la autorización del ministro de guerra y líder revolucionario, Kérenski. Una de las piezas principales de estas unidades fue Maria Leontievna Bochkareva (“Yashka”), que formó el primer batallón integrado exclusivamente por mujeres; el Batallón de la Muerte de Mujeres. Bochkareva ya había formado parte de diversas unidades de composición mixta pero en esta nueva tarea, reunió a 2.000 mujeres.

En definitiva, en todas estas actividades se demostró que las mujeres podían hacer los mismos trabajos que los hombres, con igual rendimiento y por pesados que estos fueran, frente al prejuicio que establecía que aquello era imposible.
Esta incorporación masiva de las mujeres a la primera línea de la sociedad representó una experiencia sin precedente de libertad y responsabilidad. La mujer pudo mantener una vida pública y privada, logrando un equilibrio que favoreció su desarrollo personal y profesional. Rompió con las costumbres de la época, provocó cambios sustanciales en las relaciones familiares y maritales, hasta cambios estéticos que siguieron impulsando su emancipación. Sin embargo, el reparto de papeles estaba perfectamente pautado en la sociedad occidental de la década de 1910 y los hombres fueron los que daban las órdenes y marcaban las pautas de comportamiento.

El testimonio del gran escritor Vicente Blasco Ibáñez, hombre bien comprometido de aquella época, resulta de gran valor. Entonces estaba residiendo en París, inmerso en la publicación de diversos reportajes relacionados con la contienda. Él conocía de primera mano los esfuerzos exigidos a las mujeres en la sociedad francesa:
“Este país, que ha derramado tanta sangre por afirmar la libertad y la dignidad de los humanos, no conoce otros derechos que los «Derechos del hombre», proclamados por su gran revolución. La mujer sólo tiene derecho a ser hermosa, y cuando carece de belleza, a ser elegante. Su papel consiste en vivir de lo que el hombre le dé. (…) Pueblo aficionado a todas las innovaciones, ha sido sin embargo mezquino, cruel y miope ante los intentos de emancipación femenil, empleando la más desleal de todas las armas, la burla cruel, para combatir el trabajo de la mujer. (…) La necesidad ha derribado la muralla de burla opuesta por el egoísmo de los hombres. (…)
Todos los obuses que esparcen la muerte en el frente, han sido tocados por manos femeniles. Unas obreras, las más débiles y finas, trabajan las piezas delicadas, pulen los pequeños engranajes de acero que dan al cilindro mortal cierta apariencia de reloj. Las comadres vigorosas, acostumbradas a las tareas rudas, manejan los lingotes, lavan el metal con ácidos, se mantienen cerca de las masas incandescentes, empujan con sus brazos duros las carretillas que se deslizan sobre rieles. Unas, trabajan sentadas ante largas mesas, iguales a las de un taller de flores o de sombreros, calibrando cilindros, limando piezas, dirigiendo la mordedura de los cuchillos de vertiginoso volteo. Otras, con el rostro resguardado por un antifaz, pulen el metal enrojecido y ardiente, del que se escapan centellas azules. (…)
El ejército necesita nombres, y todos los soldados distraídos en las menudas labores de la vida militar, han sido reemplazados por mujeres.
La mayoría, trabajan en los talleres de municiones establecidos en las cercanías de París. Puede trabajar lo mismo que el hombre; pero mientras el hombre se convierte en un engranaje insensible, en un pedazo de materia activa pero no pensante, ella sueña… sueña”.

Y no le faltaba razón; Al terminar el conflicto, muchas mujeres volvieron a sus tareas tradicionales, pero otras se mantuvieron ya en esos puesto de trabajo que mantendrían durante años. Se desarrolló, por tanto, un proceso irreversible de salida de la mujer del hogar para trabajar fuera de casa.

Si nos centramos exclusivamente a los datos sobre la mujer en 1918, con la conclusión de la guerra: eran el noventa por ciento del personal hospitalario; en Gran Bretaña, Francia y Alemania 700.000 mujeres ocupaban puestos laborales pertenecientes a los hombres; en la industria de uniformes militares germanas trabajaban 25.000 obreras; entre Francia y Gran Bretaña, las obreras de las fábricas de armamento sumaban 1.604.000 y en Alemania, el treinta y ocho por ciento de empleados de la fábrica de armamentos Krupp estaba compuesto por mujeres.

Para finalizar, querría destacar el papel de una de las instituciones fundamentales que desarrolló las más importantes labores humanitarias y sanitarias durante la Gran Guerra: fue la Cruz Roja Internacional. Su promotor fue Henry Dunant (Ginebra, 1828-1909) y fue fundada en febrero de 1863, con el apoyo del Gobierno Suizo. El Primer Convenio de Ginebra (1864) trabajó por constituir en cada país una sociedad nacional de socorro en favor de los militares heridos (las futuras Cruces Rojas) para que apoyaran, en caso de guerra, a los servicios sanitarios de los ejércitos y promovió el respaldo del Convenio de Ginebra por parte de los estados, que otorgaba estatuto de neutralidad a los heridos, a hospitales, ambulancias y a las personas que les prestaban socorro.

Pero fue a partir de la Primera Guerra Mundial cuando la Cruz Roja sufrió una gran transformación, motivada por las urgencias y extensión del conflicto, de un organismo de carácter local con más deseos que realidades (10 miembros en agosto de 1914) al mundialmente reconocido organismo actual, que se ha convertido en un componente más en cualquier conflicto bélico. A lo largo de la guerra, admitió alrededor de tres mil colaboradores y su estructura radicó en catorce servicios nacionales, que se fueron creando a medida que los países entraron en la guerra: el franco-belga, británico, italiano, greco, estadounidense, brasileño, portugués, serbio, rumano, ruso, alemán, búlgaro, turco, austro-húngaro.

En dicha organización, que en ocasiones se presentó como “madre que vela por sus hijos en la guerra”, las mujeres fueron un pilar fundamental. De hecho, dos tercios de los tres mil empleados de la Cruz Roja eran mujeres y en los cargos directivos se encontraba Renée-Marguerite Cramer, que ascendió a ocupar plaza del Comité en noviembre de 1918; se trató de una importante novedad en un organismo internacional. Hasta las grandes damas de la sociedad de los diferentes países en guerra desarrollaron labores asistenciales y de recaudación de fondos como miembros activos de la Cruz Roja. Así, por ejemplo, la duquesa de Westminster, miembro de la alta aristocracia británica, formó parte del cuerpo de enfermeras de la Cruz Roja inglesa y prestó servicio en las líneas de fuego de Francia.

Por suerte para ellas, esta labor desarrollada por la mujer durante la guerra, unida a la lucha permanente que llevaban a cabo desde hacía años, conllevó al reconocimiento por parte de los estados de su derecho al sufragio. Si eran iguales para trabajar y luchar, deberían serlo también para votar y, con la paz, Alemania, Gran Bretaña, más todos los países recién creados tras la Guerra, dictaron leyes para que las mujeres pudieran votar (excepto Yugoslavia). Entre los vencedores, sólo Francia no lo contempló. Y es que la lucha por parte de la mujer para lograr la igualdad debió continuar…

FUENTES: José María Fernández Calleja, “La I Guerra Mundial y el modo deliberadamente masculino de entender la política”, Historia y Comunicación Social, Vol. 19 (2014) 79-97; Estela Bernad Monferrer, Magdalena Mut Camacho, César Fernández Fernández, “Estereotipos y contraestereotipos del papel de la mujer en la Gran Guerra. Experiencias femeninas y su reflejo en el cine”, Historia y Comunicación Social, Vol. 18 (2013) 169-189; Graciela Padilla Castillo, Javier Rodríguez Torres, “La I Guerra Mundial en la retaguardia: la mujer protagonista”, Historia y Comunicación Social, Vol. 18 (2013) 191-206; Mundo Gráfico, año IV o num. 150, miércoles, 9 de septiembre de 1914; Mundo Gráfico, año VI o num. 223, miércoles, 2 de febrero de 1916; Caras y caretas, Buenos Aires, año XX, 20 de enero de 1917; Caras y Caretas, Buenos Aires, año XX, 20 de enero de 1917.

 

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